Kristian: el hombre que nunca se da por vencido (una historia de barcos y bicis)

Teníamos que volver a “tierra”, en dos sentidos. Habíamos cumplido nuestro sueño al llegar hasta Trolltunga y luego hasta Bergen en bicicleta. La travesía en Noruega duró un mes. Aprendimos a andar en bici con alforjas de 40 kilos, a manejar la diabetes en esta nueva situación de viaje, a vivir en carpa y a hacerle frente al mal clima. Pero teníamos que aceptar que si continuábamos el viaje hasta Tromso (norte de Noruega) para cruzar a Rusia, no sólo íbamos a estar al límite con el tiempo de nuestra visa de turista en la zona Schengen, sino también con el de nuestros ahorros. Noruega no era cara para viajar en bici, comer y acampar. Caro era pagar los ferrys para cruzar de una isla a otra y los buses para pasar los túneles que están prohibidos para bicis. Estamos hablando del país de los más de 1000 túneles. En Bergen estábamos atascados. Para movernos, cualquiera sea la ruta, teníamos que cruzar túneles varios y tomar muchos ferrys. No había opción.

 Decidimos tomar un último ferry de regreso a Dinamarca porque era la opción más económica y más factible. Desde ahí, saldríamos pedaleando (ya sin ferry ni túnel de por medio) hasta Ucrania o Rumania. Más de 1700 km nos separan de la frontera Schengen, pero en su mayoría son tierras llanas por lo que suponemos que podemos lograrlo antes del 12 de septiembre, nuestra fecha límite.

Y es acá desde donde les escribo, desde el ferry que es más un crucero que un barco de transporte. Comedores, tax free, bares, traga monedas y espectáculos. Claro que nosotros tenemos la opción más económica en el piso 10, arriba de todo, con asientos como los del colectivo. Más de 15 horas me separan de Dinamarca, así que tengo bastante tiempo para contarles esta historia de barcos y bicis.

El crucero casi ni se mueve, sólo se siente un leve vaivén casi como el de una cuna. Afuera el día está gris, pero el mar está calmo. Imagino que el ambiente era distinto allá por 1960 cuando Kristian decidió sumarse a la tripulación del Strinda para cruzar el Atlántico y descubrir el mundo. El trabajo en las calderas no debe de haber sido fácil. Los turnos eran rotativos y había que mantener encendida la energía del barco las 24 horas. Casi puedo imaginarme a un joven de unos 20 años, cabello rubio con algunos rizos, 1,80 metros, una pequeña deformidad en su tórax que cargaba desde que nació y muchas, pero muchas ganas de ver lo que había del otro lado del Atlántico con sus propios ojos.

En ese entonces, todos sus amigos se habían enlistado para la armada noruega, pero él no había sido aceptado en el ejército porque su deformidad había atrofiado los músculos de su brazo derecho. ¡Vaya forma de hacerle frente al rechazo! Tomar un barco carguero a los 20 años y lanzarse a cruzar el océano hacia un continente desconocido, no es algo de todos los días.  Intuyo que, mujeriego desde entonces, su curiosidad por el sexo femenino de países exóticos influyó en su decisión, aunque haya estado comprometido con quien lo esperó por dos años y medio y fue su primera esposa.

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Su familia creía que estaba loco, pero no era la primera vez que Kristian se lanzaba a una aventura incierta y peligrosa. Siempre fue un chico inquieto y ambicioso que disfrutaba afrontando nuevos desafíos. Cuando tenía sólo 12 años, estuvo a punto de morir. Era un día de verano. Estaba jugando carreritas con su mejor amigo del barrio, él en bicicleta y su amigo en bote. Kristian creció en una pequeña villa a no más de 35 km de Bergen, en Noruega. Esta zona está conformada por pequeñas islas, ríos y lagos, por lo que  uno de los medios de transporte es el bote (lanchas, ahora). Así que era lo más normal que un nene de 12 años tenga su propio bote o su bicicleta. Para hacer la carrera un poco más interesante, supongo, decidieron cambiar de vehículo. Kristian tomaría el bote y su amigo la bici. Ya casi llegaba, ya casi ganaba una vez más, pero en el medio del lago el bote se dio vuelta en un segundo y lo dejó en el agua. No sabía nadar. Todos los veranos, cuando tenía que tomar sus lecciones de nado, se enfermaba de otitis y sus lecciones se habían postergado hasta ese entonces. Entró en pánico. Sus pequeñas manitos y sus pies no sabían cómo mantenerlo a flote. Intentaba sostenerse del pequeño bote pero éste daba vueltas sobre sí mismo y se lo impedía. Empezó a sentir cómo el agua entraba en sus pulmones y todo se ponía negro. Alguien, no se sabe quién, corrió a la tienda más cercana donde trabajaba el padre de su mejor amigo diciéndole que su hijo se estaba ahogando en el lago. Claro que era una información errónea, no era su hijo sino Kristian. Dicen que el hombre dejó todo y se tiró al lago arruinando incluso su reloj de oro, y lo salvó. Una hora estuvieron para reanimarlo y sacarle el agua que tenía adentro. Kristian se acuerda que lo movían de un lado al otro, como si fuese un barco, pero nada más. Siempre va a estar agradecido con ese hombre que le salvó la vida y a quién recuerda con lágrimas en los ojos. Desde ese entonces, se entrenó a sí mismo para aprender a nadar y para perderle el miedo al agua. Empezó sumergiendo la cabeza en una palangana con agua una y otra vez hasta que la sensación de estar de nuevo en el lago ahogándose desapareció. Quizás no es como todos dicen que el que se quema con leche ve la vaca y llora. Tal vez los niños son más tercos y deciden demostrar que son más fuertes que sus miedos. Entonces el que se quema siendo curioso puede terminar llevando una vida guiada por su curiosidad, y el que casi se ahoga en un lago puede terminar embarcándose en un viaje de más de dos años en alta mar.

La primer parte del viaje fue desde Noruega hasta Canadá y de allí a Nueva York. ¿Pueden imaginarse cómo debe haber sido cruzar el Atlántico en el 62 y llegar hasta semejante ciudad? Yo no puedo. Suena tan fantástico que es casi imposible imaginar los meses con tormentas eléctricas, el mar picado, comida y agua en mal estado y un trabajo pesado de más de 10 horas por día, sin descanso.

Ya en Nueva York, la compañía carguera cambió de firma. Con una nueva tripulación y con otro tipo de carga a bordo (según sus sospechas, llevaban algún tipo de químico muy fuerte ya que casi todo el tiempo le lagrimeaban los ojos), emprendió camino hacia Sudamérica. Recuerda, especialmente, su paso por el caribe y, en particular, por Aruba. Cuenta que una noche, mientras estaba descansando en la proa, se acercó una mujer de piel negra y ojos saltones en una pequeña y rústica canoa e invitó a los marineros (mediante señas) a ir con ella. Kristian, quién no podía negarse a la invitación de una mujer, fue el primero en saltar a la canoa. El resto de los marineros, que estaban muy asustados, le dijeron que era una locura, que lo iban a matar. Eso no fue argumento suficiente para opacar su entusiasmo por conocer algo más de esas tierras exóticas que sólo sus costas. La mujer lo llevó hasta donde estaba su tribu, en el medio de la selva húmeda. Le presentó a su jefe y éste lo invitó (según Kristian, en un inglés muy rudimentario) a formar parte de ellos. Le mostró las mujeres entre las cuales podía elegir una esposa y le dijo que todo hombre blanco era bienvenido ya que los hijos mestizos tienen más posibilidad de sobrevivir y de ser respetados en el mundo más allá de su tribu. Fuerte, pero real. Él agradeció la amabilidad y el ofrecimiento, pero decidió regresar. Su instinto de aventura no llegaba tan lejos como para echar raíces en otra cultura. Por mi parte, luego de haberlo conocido, dejo abierta (al menos en mi mente) la posibilidad de que, luego de nueve meses, haya nacido un hijo mestizo en esa tribu.

Y así fue como llegó a Argentina, un 20 de mayo de 1962. Aún conserva algunos recuerdos de su estadía en el puerto de Buenos Aires, en especial uno relacionado con una mujer que había aprendido a hablar el idioma de muchos marineros y que ofrecía una excelente compañía. Cuenta que la mujer no tenía educación alguna, pero que era lo suficientemente inteligente como para hablar más de cinco lenguas (entre ellas el noruego) y hacerlo sentir cómodo, como en casa.  Entre sus posesiones materiales más preciadas, se encuentra su visado argentino, con algunas particularidades, como pueden ver:

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Buenos Aires fue la última parada de esa gran odisea. Luego, volvió a Noruega, se casó con su prometida y, con la plata que había ganado trabajando en el barco, compró una cabaña en las montañas nevadas cerca de Vik.

¿Cómo se lleva una vida rutinaria, de trabajo y matrimonio, después de haber revivido lo que Cristobal Colón en el 1400? Tenía que encontrar una nueva pasión, algo en qué gastar toda esa energía que traía desde otro continente. Y así fue como entró en el mundo del ciclismo.

Para ese entonces, ya había encontrado una profesión (mecánico) y una nueva esposa con la cual tendría a sus dos hijos. Junto a su secretaria, mejor amiga y cómplice en todo, Inga, empezaron un proyecto de entrenamiento para ciclistas. La meta era habilitar a un grupo de personas mediante entrenamiento para que sean aceptados en la carrera París-Brest-París que se realiza cada 4 años y a la cual asisten ciclistas de todas partes del mundo. Para poder participar, los concursantes deben enviar a Francia, con apostillado y traducción, documentos que demuestren que los ciclistas han realizado el entrenamiento necesario de …. Km. Y así lo hicieron. Durante meses, salían a la ruta con lluvia, nieve o temperaturas bajo cero, para alcanzar el objetivo. Inga siempre fue el soporte y el acompañamiento que el equipo necesitaba. Pasaba días sin dormir para asistirlos, desde su auto, al costado del camino. Siempre estaba equipada con ropa seca, herramientas, buena comida y palabras de aliento.

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Inga también tiene su historia. Nacida con tuberculosis en el 1938, no tuvo una infancia sencilla. Sus primeros seis años transcurrieron en el hospital, desde donde vivió incluso la guerra, cuando Alemania tomó Noruega en abril de 1940. Me contó que tenía un solo recuerdo de la “gran guerra” (como ella la llama): Tenía cuatro años y estaba en el hospital en Bergen. Los niños tenían prohibido asomarse por las ventanas y mirar lo que pasaba afuera. Ella siempre fue curiosa y, a su corta edad, no pudo resistirse. Una vez, sólo una, se asomó por una de las ventanas del segundo piso y vio cómo un gran buque bombardero alemán se acercaba a las costas de Bergen, específicamente a donde estaba el hospital infantil. Al mismo tiempo, un médico corría hacia el barco haciéndoles señas de que paren (con la mano) y gritando “¡niños, niños!”. Inga vio cómo el buque retrocedía y tomaba otra dirección. Bergen, la segunda ciudad más grande de Noruega, fue utilizada como búnker por los nazis y fue bombardeada por los aliados dejando un saldo de varios niños muertos por un “error de cálculo” que hizo que una de las bombas fuera a parar sobre una escuela. Pero no los culpan, ellos saben que había que hacer todo lo posible para frenar al nazismo sino hoy serían alemanes. Supongo que por ahí viene el presente recelo con los turistas alemanes. “Nosotros los conocemos bien”, me dice.

Pero su pasado, sus prótesis y su discapacidad nunca fueron un tope. Ella emana positivismo y es un ejemplo de lucha. Hoy, con sus 76 años, sigue siendo una mujer independiente que vive sola, cocina, pinta, cose y acompaña a Kristian en sus locas ideas, como la de hospedar por una semana a dos argentinos que se cruzó en la ruta.  Ella fue la que le dijo que sería una buena idea invitarnos. Como lo conoce desde que eran chicos, sabía que seríamos una buena distracción y que recordar su viaje a argentina y sus ápocas de ciclista le iba a servir para hacerle frente a una etapa depresiva que estaba atravesando.

Estábamos pedaleando por la ruta que costea el fiordo Maurangsfjorden y que llega a Sundal (antesala del gran túnel prohibido para bicis que pasa por debajo del glaciar Folgefona y que llega a Odda). Hacía pocos minutos que habíamos cruzado una gran cascada que baja de la montaña y pasa por debajo de la ruta y ya estábamos rodeados de montañas nevadas. El paisaje era el más impresionante que habíamos visto hasta ese entonces. La tormenta que nos venía pisando los talones nos alcanzó justo cuando llegábamos al camping. En Sundal no hay mucho más que eso: camping, montañas nevadas, el fiordo y el comienzo del túnel (¿quién necesita más?). Ahí nos estaba esperando Kristian. “Yo los saludé en la ruta, ¿se acuerdan?”. Son muchos los conductores que nos sonreían y nos saludaban en las rutas de Noruega, pero él le había puesto más énfasis que nadie. Hay algunas personas que se sienten identificadas con el cicloviajero, casi siempre es porque fueron o son ciclistas, y quieren que lo sepas. Te saludan con una sonrisa bien grande, te gritan “buen viaje”, o, como en este caso, paran para hablar. Él simplemente quería saber de dónde éramos y qué tipo de viaje estábamos haciendo. Además, claro, de contarnos que a sus 40 recorrió Noruega de punta a punta (desde Nordkap hasta Kristiansand) en ocho días.  Rápidamente, sacó sus mapas y empezó a mostrarnos posibles rutas con todo lo que teníamos que ver antes de llegar a Bergen. Claro que eran rutas imposibles para nosotros porque había que cruzar montañas muy altas y tomar colectivos para cruzar unos 10 túneles prohibidos para bicis. Es por eso que no pudimos seguir sus indicaciones y tuvimos que seguir otra ruta. De todas formas, insistió para que intercambiemos números de teléfonos y nos pidió que le avisemos cuando estemos en Bergen ya que él vivía cerca y podíamos visitarlo.  Eso acordamos.

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Una semana después, estábamos en la anhelada Bergen, cansados y sin un lugar para dormir. La ciudad está rodeada de montañas altas y de agua por lo que el espacio verde más cercano para poner la carpa está cruzando una cima.  Esa misma noche, mientras nos dábamos cuenta de que no teníamos otra alternativa, recibimos una llamada de Kristian. Luego de que nos cruzáramos en Sundal, le habíamos dicho que al día siguiente íbamos a hacer la escalada hasta Trolltunga, en Odda. Algo que tuvimos que posponer un día por el mal clima. Resulta que ese mismo lunes, haciendo la caminata de 12 horas hasta la piedra suspendida sobre el fiordo, dos turistas se cayeron al agua congelada. Los rescataron en helicóptero y estaban internados en el hospital, bastante graves. Él escuchó la noticia y, sin conocernos, se preocupó. Hasta llamó al hospital preguntando de qué nacionalidad eran los turistas internados por si éramos nosotros y necesitábamos ayuda. Sabía que estábamos solos y muy lejos de nuestra familia. Hacía dos días que intentaba comunicarse con nosotros para saber si estábamos bien, pero teníamos el celular apagado para ahorrar batería. Esa noche, en Bergen, al fin hablamos y quedó en que al día siguiente nos  pasaba a buscar en su auto. Y así fue. A las 12 en punto nos estaba esperando. Cargamos nuestras 10 alforjas y las dos bicis en el porta bicicleta y nos subimos al auto de un completo desconocido.

Lo primero que hizo fue mostrarnos el pueblito donde creció que quedaba camino a su casa. Siete túneles, dos puentes y una larga charla nos llevó llegar a Agotnes, en la costa oeste con salida al mar.

Ya en su casa, nos asignó una habitación con baño privado para esa noche, nos dio de comer y nos empezó a contar sobre sus 75 años de vida. Imagínense la sorpresa que nos llevamos cuando nos mostró su visa con entrada a Argentina. No podíamos creerlo. Y así empezamos a escuchar sus mil y una historias. Luego, nos llevó a su cabaña en las montañas cerca de Voss donde vimos todas las fotos de sus carreras ciclistas y los videos de casamiento de sus dos hijos. Ya sentíamos que conocíamos a toda la familia.

La estadía con Inga y Kristian fue agitada. Él duerme sólo tres horas por día y sufre de hiperactividad. Un poco como consecuencia de una depresión que lo hizo perder mucho tiempo y otro poco, supongo, como respuesta a esa sensación de que hay que aprovechar hasta el último minuto de vida. Por momentos era cansador y por otros muy divertido. No paraba nunca, ni siquiera de hablar. Daba la impresión de que se sentía muy solo y que se le escapaba la vida. La mayoría de las fotos que nos mostraba y las anécdotas que nos contaba eran con personas que ya habían fallecido. En este viaje nos mostró muchas tumbas y nos habló casi siempre de gente muerta. Tanto que ya me preguntaba qué era lo que teníamos que aprender al respecto.

El último día, cuando nos despedíamos, se emocionó y empezó a llorar. Era como ver a un abuelo llorando por despedirse de su nieto que (en su pensamiento) no va a volver nunca más. Fue como volver a esa última noche en mi casa en San Francisco cuando me despedí de toda mi familia, hace un año y medio atrás. Pero yo sabía que detrás de esas lágrimas sus ojos no nos veían a nosotros. Él estaba mirando hacia un pasado muy lejano, evocando recuerdos de juventud, viajes en bicicleta y aventuras en alta mar. Sé que eran lágrimas de nostalgia por una vida de odiseas y desafíos que sólo él pudo crear. “Mis amigos dicen que tendrían que vivir más de 150 años para hacer todo o que yo hice”, me contaba, entre orgulloso y divertido.

Me gustaría poder decirle que no se preocupe, que va a vivir muchos años más. Que su historia va a vivir muchos años más. En nosotros que lo conocimos en el camino y de casualidad, en este blog mientras siga abierto y en vos, que leíste toda esta historia sin abandonar a mitad camino y ya sos parte de esta leyenda.

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7 Comentarios »

  1. hola uli y ali me imagino todas las historias que tendran para contarnos como esta ,digna de todo viajero por el mundo , estoy asombrado ! por la el momento vivido con kristián y por lo bien que fué redactado por ustedes como haciendolo ya un parte de sus corazones viajeros ,los admiro ,los envidio ,los acompaño y les agradesco que nos permitán viajar al lado de ustedes , gracias por ser nuestros amigos les deseo mucha fuerza en el pedaleo y no nos dejen de contar cada paso que dan porque atrás vamos nosotros maravillandonos de su aventura . los quiero mucho y los estrañamos un montón !!! Walter el bostero !

  2. Estas historias son las que uno siempre recuerda y que atesora en el corazón, estas que se escuchan en el lugar y el tiempo menos pensado. Me gusta leer y escuchar las historia de la gente, porque te transporta a otro lugares, tiempos, sensaciones y experiencias . Cada historia contada es como tomar una porción de la vida del narrador y guardarla para ti, para compartirla con otros y que de alguna forma, el narrador viva a través del tiempo.
    Kristian es la personificacion del aventurero, de no parar, seguir y seguir, detenerse y emprender nuevamente otro camino. Pero al final al vivir tanto, sientes que aun falta tiempo y que esta vida es muy corta.

    Un abrazo para ustedes chicos, por este gran viaje, por la gente que conocen y por las historias que nos cuentan. Espero que mi aventura sea igual de grande, ahora que me encuentro en la tierra de los vikingos.

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